Santa Teresita

30 de Septiembre 2019
Santa Teresita
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QUIERO QUE SEAS TÚ MI SANTIDAD

 

“Alguien podría creer que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Madre mía, di muy claro que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arroja en una hoguera encendida” (UC 11.7.6)

 

A lo largo de nuestras vidas tanto hombres como mujeres experimentamos que hemos sido creados para cosas grandes, para atravesar horizontes aun inexplorados, para que nuestra existencia sea única entre muchas otras. Uno de estos deseos que experimenta cada uno de nuestros corazones creyentes y es afín a esa pretensión de realización y felicidad, es el deseo de ser santos.

¿Cuántas veces hemos iniciado el día o la semana con la intención de ser realmente buenos pese a las dificultades? ¿Cuántas veces hemos iniciado una nueva etapa de nuestra vida con el deseo de no cometer más errores de bulto? ¿Cuántas veces nos hemos propuesto realmente la meta de ser felices y hacer felices a los demás? Lo más probable es que muchas veces, y en la mayoría de casos, sin embargo, no pasa ni un día después de haber hecho estos santos propósitos, y ya hemos sufrido caídas sucesivas, tocamos nuestra fragilidad, nuestra limitación y eso genera en nosotros una experiencia profunda de desánimo que nos lleva cuestionarnos si es acaso nuestro propósito muy grande o nuestro sueño inalcanzable.

“Dios no puede inspirar deseos irrealizables” (Ms. C [2v]), era una de las grandes convicciones profundamente impresas en el corazón de Santa Teresa de Lisieux, monja carmelita descalza, cuyos deseos eran aparentemente exagerados para su condición de vida y su época. Ella deseaba ser guerrero, apóstol, mártir, sacerdote (Ms. C [2v°]), sueños aparentemente inalcanzables para su vida de clausura, pero, aun así, ella se atrevía a seguir soñando. Si lo que nos dice la pequeña flor de Lisieux es cierto, entonces, ¿por qué nuestros sueños nos parecen supremamente grandes o inalcanzables, llegando a sumirnos en el ánimo y muchas veces en la desesperación? ¿Será que acaso ella era una elegida, muy distinta al hombre de hoy?

No podemos dejar de lado que esta sensación de incapacidad la compartía también su hermana mayor, carmelitas descalza también, Sor María del Sagrado Corazón, quien había ingresado en esta orden religiosa mucho antes que ella, y a quien su pequeña hermana le pudo confiar todos esos deseos que el Señor imprimía en su corazón, invitándola también a abrir de par en par su corazón al Amor (Cta. 196), y ante lo cual la mayor de ellas respondió: “Tu madrinita se siente felicísima de poseer este tesoro y está muy agradecida a su hijita querida por haberle desvelado así los secretos de su alma. Como el joven del Evangelio, también se apodera de mí un sentimiento de tristeza ante tus deseos extraordinarios de martirio. Ahí está bien clara, la prueba de tu amor. Sí, tú estás en posesión del amor. ¡Pero yo no! No, jamás me harás creer que yo podré llegar a esa meta tan deseada. Pues yo temo todo lo que tú amas” (LC 170)

¿Cuántas veces hemos experimentado lo mismo que Sor María? ¿Cuántas veces nos hemos puesto a pensar que la santidad es solo cuestión de algunos elegidos? La santa levoxiense, movida por una profunda experiencia de la misericordia de Dios, responde a su hermana y a cada uno de nosotros, no postulando la posibilidad de alcanzar la santidad con sus propias fuerzas, ni por sus deseos, sino por la misericordia de Dios: “¿cómo puedes decir, después de esto, que mis deseos son la señal de mi amor? No, yo sé muy bien que no es esto, en modo alguno, lo que le agrada a Dios en mi pobre alma. Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia (Cta. 197)”

Respuesta inesperada para María y tal vez para muchos de nosotros. Sor Teresa no nos invita a dejar de lado nuestra limitación, nuestra pobreza, nuestra finitud, sino antes bien nos invita a amarla, como oportunidad de apertura a quien realmente puede: Dios misericordioso. Solo aquel que pueda tocar realmente su pobreza con manos de misericordia, mirarla, no con los ojos de un mundo que nos exige un perfeccionismo exagerado, sino con los ojos de Dios, podrá abrirse a la misericordia de Dios.

Ante una sociedad que hoy nos invita a confiar totalmente en nuestras capacidades, muchas veces cayendo en el egocentrismo, la santa carmelita francesa, nos invita como ya lo hiciera antes Teresa de Jesús, a surcar la senda de la confianza, quitándola del todo en nosotros y poniéndola en solo Dios (V 8,12). Esto, claro, evitando falsas humildades o espiritualidades apocadas, impropias de aquellos que reconocen que Dios ha dotado de una riqueza indescriptible cada una de sus almas (cf. Is. 61,10) , sino antes bien invitándonos a ser conscientes de que todo lo hemos recibido de Dios (cf. I Cor. 4,7) y que solo podemos presumir de su misericordia (3M 1,3) Es a través de esta experiencia que somos conducidos a entregar todo lo que hemos recibido como don de Dios, no con la consciencia de estar acumulando obras (Or. 6), sino como quien da producto de haber experimentado la gratuidad divina.

Santa Teresita nos invita, pues, hoy una vez más, a transitar por un camino muchas veces olvidado por el corazón del hombre: el camino de la confianza, conscientes de que solo ella podrá conducirnos al amor, y, por ende, a Dios. Por tanto, si vuelve a rondar en nuestra senda hacia la santidad, la tentación del desánimo, repitamos con la santa de Lisieux una de las máximas de su vida, que condensa su espiritualidad de la confianza: “quiero ser santa. Pero siento mi impotencia, y te pido, Dios mío, que seas Tú mismo mi santidad”. Repitámosla una y otra vez si es necesario, conscientes que el gran aprendizaje de nuestra vida es aprender a confiar en aquel que puede, sin olvidar que Él siempre está presto para ser nuestra fortaleza y santidad, pues “Él nunca se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias, no nos nosotros cansemos de recibir” No lo dudemos, no nos cansemos de recibir, no cesemos de confiar en Él.

 

Autor: Hno. Diego Rivero Vallejo, O.C.D. 

Casa de formación Teologado San juan de la Cruz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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